Por mucho tiempo se creyó que el único factor de herencia era la secuencia de nucleótidos del ADN y que las variaciones en las características fenotípicas estaban determinadas solamente por mutaciones y por recombinaciones de dicha secuencia, sin embargo, en 1940, Conrad Waddington introdujo el concepto de epigénetica para denominar las interacciones entre genes y ambiente que definen el fenotipo.10
A partir de entonces, se ha recorrido un largo trecho y se han alcanzado grandes avances en la comprensión de los mecanismos que regulan la expresión genética, incluyendo la interacción con distintos elementos ambientales, demostrándose que “los factores a los que esté expuesta cada célula contribuyen a la selección de genes que expresa y que silencia”.10
En ese contexto, la epigénetica se define en la actualidad como el estudio de las modificaciones químicas experimentadas tanto por proteínas con dominios de unión al ADN, como por dicha estructura, sin alterar la secuencia de nucleótidos que la conforman, clasificándose estas alteraciones en sinérgicas potencialmente reversibles y hereditarias.10
En otras palabras, la epigénetica se encarga de modular la actividad de las secuencias de ADN y las características de transmisión de estas instrucciones de control – la expresión genética -, de una generación a otra, influyendo en las características fenotípicas de los individuos, por ejemplo, en la susceptibilidad a desarrollar ciertas enfermedades o en la capacidad de la maquinaria metabólica disponible para procesar xenobióticos.10
Pero ¿Cómo se relacionan la microbiota, el microbioma, la genética y la epigenética?
Las filogenias de los mamíferos y su microbiota sugieren la existencia de una fuerte evidencia de la heredabilidad de la microbiota y aunque la herencia del padre no ha sido estudiada a profundidad, cada vez hay más pruebas que respaldan la herencia de la composición de la microbiota materna.
Por otra parte, las influencias ambientales tempranas sobre la microbiota intestinal durante las fases iniciales del desarrollo, pueden modificar su composición hacia perfiles salutógenos o patógenos que pueden persistir hasta la edad adulta y ejercer efectos duraderos sobre la salud y la enfermedad.
Algunos autores afirman que “las modificaciones epigenéticas inducidas por la microbiota intestinal pueden influir en la salud humana, habiéndose demostrado el potencial de la microflora para inducir cambios epigenéticos, por la evidencia de patrones específicos de gérmenes de modificación del ADN, después de la exposición a organismos comensales o patógenos en células humanas inmaduras de epitelios intestinales.” 11
El papel de la microbiota como modulador epigenético está ganando cada vez más atención y, aunque los mecanismos subyacentes aún necesitan ser aclarados parcialmente, la evidencia actual respalda una correlación significativa entre la composición de la microbiota intestinal y los cambios en genes relevantes para el desarrollo inmunológico, metabólico y neurológico.11
En este punto, es importante mencionar que el conjunto de las relaciones y organización a las que se somete un tejido determinado durante el desarrollo, conforma su constitución epigénetica o epigenotipo, por consiguiente, la aparición de un órgano es el producto del genotipo, y las condiciones con las que interactúa con el ambiente externo es su epigenotipo.
Así, el epigenoma se compone de compuestos químicos que modifican, o marcan el genoma, de manera que le dice qué hacer, dónde hacerlo y cuándo hacerlo. En tal sentido, células diferentes tienen diferentes marcas epigenéticas, que determinan la expresión o no de genes específicos y pueden ser transmitidas de una célula a otra y de una generación a otra.
Como se puede observar, existe una relación de doble vía entre la microbiota y la genética: la composición de la primera y su interacción con el organismo durante las diferentes etapas de la vida puede inducir modificaciones en los genes y los genes del individuo pueden cambiar la composición de la primera, aumentando o disminuyendo la predisposición a determinadas condiciones.
Actualmente se acepta que para alcanzar un estado de salud integral es necesario que la microbiota, particularmente la asociada al tracto gastrointestinal, también esté sana, siendo los principales indicadores de salud de la microbiota la cantidad de microorganismos y la cantidad de especies (biodiversidad).12
Ambos parámetros pueden evaluarse con los índices de biodiversidad tipo alfa, como el de Shannon, que refleja la heterogeneidad de una comunidad con base en el número de especies presentes y su abundancia relativa y el índice de Chao, que evalúa la abundancia y representación de cada especie.12
Se han publicado numerosas asociaciones entre estados patológicos y alteraciones de la microbiota, bien por presencia o aumento de determinados géneros de microorganismos, bien por lo contrario, ausencia o disminución de su concentración en uno o más ecosistemas del organismo.12